viernes, 20 de abril de 2012

Lucrecia Maldonado

Nació en Quito 1962 . En el campo de la literatura, ha publicado cuatro libros de cuentos: No es el amor quien muere (1994), Mi sombra te ha de hacer falta (1998), Todos los armarios (2002), Como el silencio (2004). En el 2005 abtuvo el premio Aurelio Espinosa Pólit, otorgado por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, por su novela Salvo el calvario. En este mismo año apareció su primer libro de poesía, Ganas de hablar. En 2006 publicó el libro de ensayo Érase un niño que un día descubrió el aire en la calle.

Cómo era el amor
Cómo era el amor
el que mintieron las telenovelas
y las películas con happy end
el que rezaban libros
que leían señoritas en sus tiempos de ocio

cómo era el amor
aquel de final con beso
de manos enlazadas en los parques
el que nos enseñaron a soñar
y esperar
el de la vida compartida
y el vaso medio lleno
porque la otra mitad se llenaba ella sola

cómo era el amor
el de los vidrios rotos después de la pelea
igual que el corazón
el de los gritos que jamás esperamos oír
el de ya se acabó
y ya no va más

cómo era el amor
mejor dicho el dolor
el rechazo anidando en tantos ojos
palabras que rasgaron las entrañas
como garfios de hielo
y nadie se dio cuenta de cómo nos mataron

cómo era el amor
aquello que dejamos de esperar
porque sencillamente no vendrá
como la lluvia en tiempo de sequía

tal vez
igual que en el desierto
el agua no caerá jamás del cielo
es posible que corra en el silencio de las venas
debajo de la piel
algo que no se puede recibir
pero se debe dar
sin esperar jamás nada de vuelta
más allá del anhelo y los insomnios

difícil nos lo puso
la vida a algunos seres
andar siempre de a uno
en un mundo pensado para dos
encogerse de frío cada noche
y soportar enhiestos como árboles
los embates del tiempo y el destino
y sin embargo
sentir con un poquito de pírrica alegría
que aunque haya que olvidarse de la lluvia
el agua del amor de nuestra alma
no cesa ni un instante
de recorrer la sangre y los latidos.

jueves, 19 de abril de 2012

Roberto Fernández Retamar

Poeta cubano nacido en La Habana en 1930.
Obtuvo el Premio Nacional de Poesía por su libro «Patrias» en 1951, el Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío
el Premio Internacional de Poesía Nikola Vaptsarov de Bulgaria, el Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde
de Argentina,  el Premio de la Crítica Literaria por «Aquí» en 1996 y la Medalla oficial de las Artes y las Letras
otorgada en Francia, en 1998. 
De su obra poética también merecen  destacarse:  «Vuelta de la antigua esperanza», «Con las
mismas manos», 
«Buena suerte viviendo» y «Qué veremos arder». 

Los normales 

Felices los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Jorge Dávila Vázquez

Cuenca, 1947. Doctor en Filología por la Universidad de Cuenca. 
Autor de María Joaquina, en la vida y en la muerte y Este mundo es el camino. Premio Nacional de Literatura “Aurelio Espinosa Pólit”, 1976 y 1980 en novela y cuento, respectivamente.
Vals del minuto opus 64
Si eres capaz de volcar en un minuto toda la emoción que llevas dentro; esa nostalgia por la patria lejana; esa rabia que tienes contra tu pecho que arde interiormente y estalla en tos  y se vuelca en sangre y te aprieta como una mano negra, poderosa, en la noche, asfixiándote; esa reminiscencia de un invierno en una isla, con una mujer que te quería como una madre, y a la que parecía que adorabas como a una amante; ese inagotable deseo tuyo de inundar con tu música el planeta, tan grande como el que tienes de amar, amar y amar a todas la mujeres de la tierra. ¡Entonces, escribe ese vals, mínimo, escríbelo ya!


martes, 17 de abril de 2012

Catalina Sojos

Poeta ecuatoriana, nació en Cuenca - Ecuador en 1951.  Sus Obras : HOJAS DE POESIA.Departamento Cultural de la Cruz Roja del Azuay. CUENCA 1989. FUEGO.
Edición: Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Núcleo del Azuay. CUENCA 1990.
TREBOLES MARCADOS
Edición: ABRAPALABRA EDITORES. QUITO. 1991.
FETICHES
Edición: Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Matriz. QUITO. 1995.
BRUJILLO (Literatura para niños) 
Edición: Universidad de Cuenca. CUENCA 1997.



ARENA
Cuando el hombre llegó me ofreció un ramo de rosas, yo deseaba un 

espejo; me negué a aceptarlas.
Sonrió y se marchó en silencio.
Pasaron seis meses hasta que apareció con un violín,

yo deseaba una esfera; me negué a aceptarlo.

Sonrió nuevamente y se marchó en silencio.
Anoche volvió, me entregó una espina.
La acepté silenciosamente, entonces el hombre se deshizo delante de mis ojos atónitos.
Ahora cargo mi espejo, mi espacio y mi espina pero sigo deseando la arena de su cuerpo que desapareció con la última ofrenda.

lunes, 16 de abril de 2012

¡Suba, suba, imaginación a la mano, que la función está por empezar!

Edgar Allan García se sube a los buses con Memoriandante


La primera vez que ella se fue con otro, volvió a la semana. Le dijo sollozando que no sabía lo que le había sucedido, que por favor la perdonara. Él, al principio, no quiso que se quedara pero tras sus ruegos lastimeros, aceptó con la única condición de que fuera la última vez. A poco ella se marchó con otro más, sin embargo, cuando ella regresó a casa compungida, él solo la acogió con un abrazo silencioso. Las escapadas se repitieron a lo largo de los años y él, pese a la indignación de su propia familia, la acogía una y otra vez con mimos y hasta regalos. Había comprendido tempranamente que ella buscaba a otros como un pretexto para extrañarlo y que nada era más hermoso que sentir como ella volvía apasionada y amorosa a sus brazos.