lunes, 23 de abril de 2012

Abdón Ubidia

Narrador, ensayista, antólogo y crítico literario. En la década de los sesenta fue parte del movimiento contestario Tzántzico.Es una de las voces más representativas y relevantes de la moderna literatura ecuatoriana. Su libro de relatos Bajo el mismo extraño cielo (Premio Nacional de Literatura José Mejía, 1979), Divertinventos (1989) y las novelas Sueño de lobos (declarada Libro del Año 1986 y ganadora también del Premio Nacional de Literatura) y Ciudad de invierno (que ha alcanzado las diez ediciones) lo insertan en el cuadro de honor de la literatura iberoamericana. Como investigador en el campo de la literatura oral, ha publicado El cuento popular (1997) y La poesía popular (1982). Ha colaborado en numerosas publicaciones culturales, dirigió la revista cultural Palabra suelta, y ha realizado investigaciones de campo como compilador de leyendas y tradiciones orales.


Del seguro contra robo de autos 

El sistema funciona así: cuando el ladrón consigue entrar al automóvil ―cosa por lo demás nada difícil― y se sienta frente al volante, unos dispositivos accionados electrónicamente traban las puertas y aseguran las ventanas. La operación puede o no ser silenciosa. El segundo paso sobreviene cuando el intruso trata de arrancar el motor. Entonces, sobre el tablero de los instrumentos parpadea una luz roja. A continuación una voz grabada repite, cada treinta segundos, el mismo mensaje: “De aquí no podrá salir… De aquí no podrá salir”. Luego del tercer mensaje (esto ya ha sido computado) el ladrón, que ha insistido ya varias veces con el arranque, intenta huir. Pero, tanto puertas como ventanas están muy bien trabadas. No conseguirá abrirlas. Es cuando una aguja hipodérmica sale del asiento y le inyecta un preparado especial que le paraliza las piernas y le deja sin voz. Se ha establecido que, en un porcentaje muy alto de los casos, el ladrón ―bajo el efecto de la inyección― cree que todo lo que ocurre no es otra cosa que una pesadilla. Para evitarle tal error, la misma grabación le explica los pormenores del asunto. Y así todo queda listo para el último paso que, por desgracia, es harto desagradable pero, sin duda, necesario. El espaldar y el asiento se corren hacia la derecha (en los modelos ingleses hacia la izquierda) dejando al descubierto un sistema de engranajes y émbolos entre los cuales el ladrón es perfectamente triturado, comprimido y disuelto en un poderoso ácido inodoro cuya fórmula es un secreto de la casa fabricante. Luego, asiento y espaldar retornan a su posición normal, de tal manera que el propietario cuando entre a su vehículo y lo ponga en marcha no encuentre un solo indicio de lo que ha ocurrido ahí.
La casa fabricante garantiza que sólo en uno por ciento de los casos el dispositivo confunde ladrón con propietario.

domingo, 22 de abril de 2012

Fernando Artieda

Nació el 14 de junio de 1945 y falleció a la edad de 64 años.Su producción literaria “es eminentemente contestataria y era el sello de autenticidad de su persona. Su poesía era la 
unión de la nueva poesía latinoamericana. En Fernando se revive la tradición del juglar que 
sabe decir su poesía”. Hernán Zúñiga 
Frenando Artieda era el poeta del pueblo,el único que fue capaz de llegar con su poesía a las multitudes.

Pueblo, clave y fantasma de JJ

"Yo sé que tú lo dudas
que yo te quiera tanto.
Si quieres me abro el pecho
y te enseño el corazón..."

Y le llegó su Caimán
su Julio Verne
por eso de que De La Tierra la Luna,
de que Viaje al Centro de la Tierra
cosa tan triste.

Y fue como si anduvieran
ofreciendo la muerte a domicilio
porque de pronto se encendieron las rocolas
en el Pollo loco
en el Chuzo engreído
en el No te agüeves
y la voz del man entró así con todo
por las ventanas de las casas
por las goteras del techo
por las rendijas de las cañas separadas.
En las esquinas la biela zumbaba
y la gente no hablaba sobre él
porque para qué iban a hablar
si el pueblo sabe que de esas cosas nunca se habla.

En el café de los intelectuales
la cosa se estaba poniendo kafkiana
cuando pasó Carebandido y les dijo
que qué Gabo ni la gaver's
no ven que se ha muerto el man.
Cuál man cuál man
preguntaron los desenchufados
y carebandido
con esa dignidad característica
de los ladrones de barrio y los poetas
Cuál man más va a ser pues gil
habrá algún otro más bacán que Julio Jaramillo.
Las putas sacaban monedas de a Sucre
de sus chaucheras trasnochadas
y las metían en las ranuras de las Wurlitzer
para escuchar
"No puedo verte triste porque me mata
tu carita de pena, mi dulce amor"
Y comentaban
y algunas hasta lloraban
y el maricón Alfredo tenía que estarlas arriando
ya pues señoras a trabajar
déjense de pendejadas
ni que el hombre hubiera sido su marido.
Una zorra veterana bebía cerveza y recordaba
que ella lo había conocido
desde los tiempos
en que era camote de la Blanca Garzón
el mejor calzón
que había en esa época
por los cabareses de Guayaquil.

Los taxistas y las peroles
seres por los cuales uno puede enterarse
de casi todas las cosas de este mundo
seguían escuchando Radio Cristal
que había transmitido como un partido de fútbol
la muerte de Jota Jota
Con sus micrófonos instalados
directamente desde la clínica Dominguez
donde yace en el lecho del dolor
el único
el incomparable
el ahijado de car
el ídolo del pueblo
Julio Jaramillo.
La voz de Umovar
sinceramente conmovida,
pero rota por catorce horas seguidas
de darle y darle a la lengua en forma continuada
iba adquiriendo tonalidades deprimidas
y a ratos hasta dejaba botado el micrófono
para ir a tomarse una cerveza
o a comentar con otros locutores de la radio
las cosas del velorio.

Las cantinas estaban llenas
y había un clima como de alborozo trágico
como si una angustia jubilosa fuera tomándose las calles
subiéndose por los postes de alumbrado
reptando por los jardines de los parques
y trepando los árboles más altos
para desde ahí descolgarse
con todo su entusiasta dramatismo
sobre la ciudad acongojada
sorprendida
estupefacta
porque era que no se podía creer
porque aunque se sabía que estaba grave
que se iba a morir de todos modos
una sobrevivencia como ajena
nos había dado la nota de que la muerte no existía
de no pararle bola
de que lo único que tenía derecho entre nosotros
era la vida.

Dos días con sus noches lo velamos en el estadio.
De todas partes se venían
con mujeres
con hijos
desde Lomas de Sargentillo venían
desde Pechiche
de Vueltalarga venían
sólo para ver como cantaba de muerto.

Ríos de gente salían de los manglares
bajaban de los cerros rodando por el lodo
ensuciándose la ropa
perdiendo los zapatos
perdiéndolo todo
menos la firmeza de estar junto a él
en su última conquista
la de aquella tarde en que Dios que se le va ajumando
i el -zas- que se le va levantando a la muerte
para toda la vida.

Miles y miles de zambos
cholos
negras culonas
choros
putas
poetas
asesinos
deportistas
periodiqueros
sinvergüenzas
curas
sableadores
contrabandistas
alcahuetes
pesquisas
estibadores
betuneros
y maricas.
Gentes del pueblo arracimados en colas largas
como el destino
para tocar el cuerpo
persignarse
llorar a grito herido la huella de su ausencia.

Mónica se vino desde la yoni
para contarle después de muerto
todo lo que lo había querido.

Un borrachito
con una botella de trago en la mano temblorosa decía
ahora sólo nos queda Barcelona
ahora sólo nos queda Barcelona

Ahora se va.
Va caminando lentamente como bandera extendida
entre los brazos de la gente
se va el zorzal
el lírico
el artista.
Se va el duro
el brava
el superbacán
el pinga de oro
el cantante más pesado que ha tenido el Ecuador
y el mundo
más claro ya
'cha nota con mi persona.

Ya resbala tiernamente el cadáver
abrumado de flores
y es como si los muelles
se hubieran puesto a toser señales
antiguas sirenas
cangrejos
pianos y manzanas.
La masa, desconcertada,
ebria de malas noches y de alcohol
se va raleando en grupos de a uno
de a cinco
de treintaidos.
Van buscando la calle estrangulada
que sienten medio enferma
como traspapelada entre las sombras
como sonámbula
como si fuera otra y no esta Guayaquil
la ciudad viuda y guáchara
que había perdido al mismo tiempo
su hijo
y su machuchín.



Eduardo Galeano

Es un periodista y escritor uruguayo, ganador del premio Stig Dagerman. Está considerado como uno de los más destacados escritores de la literatura latinoamericana.
Sus libros más conocidos, Memoria del fuego (1986) y Las venas abiertas de América Latina (1971), han sido traducidos a veinte idiomas. Sus trabajos trascienden géneros ortodoxos, combinando documental,ficciónperiodismo, análisis político historia
Galeano es uno de los escritores más comprometidos con las causas de los pobres en el mundo y uno de los críticos más lúcidos del sistema capitalista.

El derecho a soñar 
Deliremos, pues, por un ratito. El mundo, que está patas arriba, se pondrá sobre sus pies:
En las calles, los automóviles serán pisados por los perros.

El aire estará limpio de los venenos de las máquinas, y no tendrá más contaminación que la que emana de los miedos humanos y de las humanas pasiones.
La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el super-mercado, ni será mirada por el televisor.
El televisor dejará de ser
el miembro más importante de la familia,
y será tratado como la plancha o el lavarropas.
La gente trabajará para vivir,
en lugar de vivir para trabajar.
En ningún país irán presos
los muchachos que se nieguen
a hacer el servicio militar,
sino los que quieran hacerlo.
Los políticos no creerán que
a los pobres les encanta
comer promesas.
El mundo ya no estará en
guerra contra los pobres,
sino contra la pobreza, y la
industria militar no tendrá más
remedio que declararse
en quiebra por siempre jamás.
Nadie morirá de hambre, porque nadie
morirá de indigestión.
Los niños de la calle no serán
tratados como si fueran basura,
porque no habrá niños de la calle.
Los niños ricos no serán tratados
como si fueran dinero,
porque no habrá niños ricos.
La educación no será el privilegio
de quienes puedan pagarla.
La policía no será la maldición
de quienes no puedan comprarla.
La Santa Madre Iglesia corregirá
algunas erratas de las piedras
de Moisés. El sexto mandamiento
ordenará: "Festejarás el cuerpo".
El noveno, que desconfía
del deseo, lo declarará sagrado.
Todos los penitentes serán
celebrantes, y no habrá noche
que no sea vivida como si fuera
la última, ni día que no sea vivido
como si fuera el primero
.



viernes, 20 de abril de 2012

Edwin Madrid

Nació en Quito, Ecuador, en noviembre de 1961. Poeta, realizó estudios de Economía en la Universidad Central del Ecuador y de Literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía: ¡O! Muerte de Pequeños Senos de Oro (1987);Enamorado de un fantasma (1991); Celebriedad (1992), con el cual ganó el Concurso Nacional Cuento y Poesía; Caballos e iguanas (1993) y Tambor Sagrado y otros poemas (1995). En 1990 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Djenana. Poemas suyos fueron seleccionados por Claude Couffon para la antología bilingüe Poesía Joven Hispanoamericana.
Edwin Madrid es uno de los poetas ecuatorianos que mayor reconocimiento internacional ha recibido sobre todo después de obtener el prestigioso Premio de poesía Casa de América en España y haber sido publicado por la legendaria Editorial Visor. 
Uno va a la cama
Uno va a la cama
por haragán o por frío,
pero también come
sobre ella
y sueña
y muere.
¡Es increíble! el
tiempo que pasamos
en ella con ella.
Pobres de nosotros si
un día aparece un loco
y ordena quemar
las camas del mundo.  

Lucrecia Maldonado

Nació en Quito 1962 . En el campo de la literatura, ha publicado cuatro libros de cuentos: No es el amor quien muere (1994), Mi sombra te ha de hacer falta (1998), Todos los armarios (2002), Como el silencio (2004). En el 2005 abtuvo el premio Aurelio Espinosa Pólit, otorgado por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, por su novela Salvo el calvario. En este mismo año apareció su primer libro de poesía, Ganas de hablar. En 2006 publicó el libro de ensayo Érase un niño que un día descubrió el aire en la calle.

Cómo era el amor
Cómo era el amor
el que mintieron las telenovelas
y las películas con happy end
el que rezaban libros
que leían señoritas en sus tiempos de ocio

cómo era el amor
aquel de final con beso
de manos enlazadas en los parques
el que nos enseñaron a soñar
y esperar
el de la vida compartida
y el vaso medio lleno
porque la otra mitad se llenaba ella sola

cómo era el amor
el de los vidrios rotos después de la pelea
igual que el corazón
el de los gritos que jamás esperamos oír
el de ya se acabó
y ya no va más

cómo era el amor
mejor dicho el dolor
el rechazo anidando en tantos ojos
palabras que rasgaron las entrañas
como garfios de hielo
y nadie se dio cuenta de cómo nos mataron

cómo era el amor
aquello que dejamos de esperar
porque sencillamente no vendrá
como la lluvia en tiempo de sequía

tal vez
igual que en el desierto
el agua no caerá jamás del cielo
es posible que corra en el silencio de las venas
debajo de la piel
algo que no se puede recibir
pero se debe dar
sin esperar jamás nada de vuelta
más allá del anhelo y los insomnios

difícil nos lo puso
la vida a algunos seres
andar siempre de a uno
en un mundo pensado para dos
encogerse de frío cada noche
y soportar enhiestos como árboles
los embates del tiempo y el destino
y sin embargo
sentir con un poquito de pírrica alegría
que aunque haya que olvidarse de la lluvia
el agua del amor de nuestra alma
no cesa ni un instante
de recorrer la sangre y los latidos.

jueves, 19 de abril de 2012

Roberto Fernández Retamar

Poeta cubano nacido en La Habana en 1930.
Obtuvo el Premio Nacional de Poesía por su libro «Patrias» en 1951, el Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío
el Premio Internacional de Poesía Nikola Vaptsarov de Bulgaria, el Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde
de Argentina,  el Premio de la Crítica Literaria por «Aquí» en 1996 y la Medalla oficial de las Artes y las Letras
otorgada en Francia, en 1998. 
De su obra poética también merecen  destacarse:  «Vuelta de la antigua esperanza», «Con las
mismas manos», 
«Buena suerte viviendo» y «Qué veremos arder». 

Los normales 

Felices los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Jorge Dávila Vázquez

Cuenca, 1947. Doctor en Filología por la Universidad de Cuenca. 
Autor de María Joaquina, en la vida y en la muerte y Este mundo es el camino. Premio Nacional de Literatura “Aurelio Espinosa Pólit”, 1976 y 1980 en novela y cuento, respectivamente.
Vals del minuto opus 64
Si eres capaz de volcar en un minuto toda la emoción que llevas dentro; esa nostalgia por la patria lejana; esa rabia que tienes contra tu pecho que arde interiormente y estalla en tos  y se vuelca en sangre y te aprieta como una mano negra, poderosa, en la noche, asfixiándote; esa reminiscencia de un invierno en una isla, con una mujer que te quería como una madre, y a la que parecía que adorabas como a una amante; ese inagotable deseo tuyo de inundar con tu música el planeta, tan grande como el que tienes de amar, amar y amar a todas la mujeres de la tierra. ¡Entonces, escribe ese vals, mínimo, escríbelo ya!